BATMAN ENTREGA A BATICHICA AL GUASÓN ENCADENADA (1 de 4)
- Racso Miro Quesada
- hace 1 día
- 10 min de lectura
La venta de El Comercio y la renuncia de los Miró Quesada Garland a todo lo que los MQ decían representar

Escribo desde el asombro absoluto. El mundo que yo creía conocer ha revelado que quizá nunca existió. Y nada vuelve a ser como era precisamente porque, después de lo ocurrido, todo sigue igual.
Escribo como testigo de excepción. Conocí El Comercio desde dentro, cuando trabajé en la empresa; he vivido sus decisiones como accionista; y, en este proceso, me senté al otro lado de la mesa como postor. Por eso, en esta serie de artículos, no voy a hablar de rumores. Voy a contar lo que vi y lo que los documentos permiten demostrar.
Se cayó el telón.
El Comercio no ha muerto. Eso sería más sencillo. Sigue saliendo todos los días, como si nada hubiera ocurrido. Lo que murió es la ficción sobre la cual se sostenía: que, por encima de nuestras miserias familiares y errores empresariales, existía una frontera que nadie se atrevería a cruzar.
La cruzaron.
Durante casi dos siglos, El Comercio nos pidió que creyéramos que no era solamente una empresa. Era una institución. Una torre en la planicie. Una voz capaz de mirar al poder a los ojos. Podía equivocarse, podía ser injusto, podía coyunturalmente defender intereses equivocados, pero había una promesa que se suponía inviolable: el periódico no sería entregado precisamente a aquellos a quienes debía vigilar.
Esa frontera acaba de cruzarse.
En esta historia, Batman no es una persona. Es el personaje que mi familia construyó sobre sí misma durante generaciones: los guardianes de la razón, la verdad, el Estado de derecho, la libertad y la libre competencia.
Batichica tampoco es una persona. Es la redacción. Es el periodista que todavía pregunta. Es la portada que puede incomodar a un ministro, a un laboratorio o a una minera. Es el poder de encender la Batiseñal y obligar al país a mirar aquello que alguien poderoso preferiría mantener en la oscuridad.
Y el Guasón no es solamente un comprador. Es una cultura empresarial: la utilidad primero; el río, el paciente, el comunero y la verdad después. Es el poder económico descubriendo que resulta más cómodo comprar al vigilante que seguir siendo vigilado.
LOS PERGAMINOS
La familia tiene pergaminos para empapelar el edificio entero de El Comercio.
Doctores en Filosofía. Doctores en Derecho. Cartesianos. Discípulos de la razón pura. Defensores del pensamiento crítico. Académicos que enseñan a dudar. Artistas que hablan de sensibilidad. Protectores de animales. Paladines del ambiente. Alguien que convirtió durante años la defensa de la naturaleza en causa pública y recibió premios por ello. Otro que editorializaba sobre los principios inviolables de la sociedad democrática: la pluralidad, el libre intercambio de opiniones y el derecho a ser informado con neutralidad.
Uno crecía viéndolos caminar entre las columnas como dioses griegos. Atenea protegía el templo. Apolo recorría los pasillos. Descartes y Kant estaban de guardia en la biblioteca. La ética no provenía de la religión, sino de la razón misma.
Y, sin embargo, cuando llegó el único examen que importaba, todos entregaron la hoja en blanco.
Porque una cosa es recibir premios y aplausos por defender la ecología y otra, aparentemente mucho más difícil, es negarse a entregar el mayor poder mediático del Perú a intereses vinculados con una minera que acumula resoluciones ambientales y denuncias de abusos y prepotencia, en un país donde la minería es una herida abierta.
Una cosa es enseñar los beneficios de la libre competencia en la universidad y otra es impedir que el poder informativo termine atrapado en un bloque de intereses.
En los discursos familiares: filosofía, derecho, ilustración, ecología.
En la carpeta de cierre: Medifarma, Lincuna, un “waiver” y las llaves del periódico.
Nada dice “conciencia ambiental” como entregar la portada del país a intereses mineros cuestionados por cómo tratan la naturaleza.
Nada dice “libre mercado” como someter la libertad de elegir a los intereses de un monopolio sancionado una y otra vez durante años.
Nada dice “transparencia” como vender al vigilante sin explicar cómo podrá investigar a su nuevo dueño.
Hoy pregunto:
¿Dónde está Atenea frente a su templo profanado?
¿Dónde está Apolo, el de los pies ligeros, que iba de casa en casa buscando consensos?
Las estatuas yacen en el piso, sin cabeza; sin embargo, los cielos no han reventado en tormentas.
Tal vez los dioses nunca existieron. Tal vez eran héroes sin convicción, estatuillas de barro con condecoraciones, virtudes imaginarias y una columna vertebral que solo aparecía en los discursos.
EL CURRÍCULUM DEL NUEVO PODER EN EL COMERCIO
Medifarma no llega a esta historia con una hoja en blanco.
El Indecopi confirmó en última instancia administrativa la multa máxima de 450 UIT por poner en el mercado un lote defectuoso de suero fisiológico. La resolución atribuyó el defecto no a un accidente, sino a fallas estructurales, culturales y sistémicas dentro de la esfera de control de la empresa.
Esto es lo que significa una cultura empresarial que privilegia la utilidad sobre la vida: no una frase de sobremesa, sino un producto médico que debía salvar y terminó matando; seis veces la cantidad de sodio; controles que debían funcionar y no funcionaron porque se ahorró al evitarlos; una empresa que intentó explicar el desastre como sabotaje o accidente; y una autoridad que no le creyó nada. Y no es para menos. ¿Ha visto alguna vez, apreciado lector, que Backus le venda una botella de cerveza con seis veces la cantidad de alcohol que indica la etiqueta? Backus nos vende trago; no es un laboratorio que supuestamente debe invertir en controles a prueba de todo posible fallo.
Luego está el cártel de medicamentos. El Indecopi sancionó en primera instancia a trece laboratorios y distribuidoras con más de S/539 millones por coordinar ofertas y abstenciones en licitaciones públicas durante catorce años. Medifarma recibió la multa individual más alta: alrededor de S/231 millones. Dinero destinado a revertir la utilidad indebida de sus prácticas monopólicas y a reintegrarla a la cosa pública. Dinero que aún no nos ha devuelto a los peruanos, con el que está queriendo comprarse El Comercio.
Pero hay un antecedente todavía más revelador. En el expediente anterior que sancionó la concertación de precios de cinco cadenas de farmacias, la propia resolución describió cómo Medifarma pedía ajustar el precio de Electroral “en coordinación con las otras cadenas”, comprobaba precios mediante boletas y reclamaba la nivelación para sostener márgenes. La autoridad describió coordinaciones realizadas a través de Medifarma y el monitoreo de su cumplimiento.
No era libertad de mercado. Era una coreografía. Unos subían los precios, otros verificaban el acuerdo ilegal y el enfermo —TÚ— pagabas por la función.
Y ahora esta familia —la de los filósofos, los juristas y los defensores de la libre competencia— quiere entregar a esos intereses Gestión, el diario que predica mercado; El Comercio, el diario que predica institucionalidad; el noticiero de América TV, el canal que audita el poder; y una parte decisiva del sistema de medios que debería investigar precisamente el precio de las medicinas y el poder de los laboratorios.
La minería tampoco llega inmaculada.
El OEFA ha ordenado a Compañía Minera Lincuna, vinculada a los nuevos compradores de El Comercio, tratar sus efluentes lanzados al río y ejecutar el cierre de pasivos ambientales graves, y su Tribunal ha confirmado responsabilidades administrativas e incumplimientos flagrantes de medidas correctivas.
Comuneros de Áncash han denunciado, además, usurpación de terrenos, el ingreso violento de hombres presuntamente contratados por la minera, disparos, abusos, usurpación y la muerte de sus animales, que son su capital y su vida. Esas denuncias deberán investigarse y esclarecerse. Precisamente para eso existe el periodismo: para ir, preguntar, contrastar, insistir y publicar sin pedirle permiso al dueño de la empresa denunciada.
El problema no es que un empresario tenga intereses. Todos los empresarios los tienen. El problema es entregar una plataforma periodística —El Comercio, Gestión, Trome, Correo, América Televisión y Canal N— a un grupo cuyos intereses farmacéuticos y mineros deberían ser objeto permanente de fiscalización periodística.
¿Quién hará esa investigación cuando el denunciado y el dueño del megáfono pertenezcan al mismo universo de intereses?
¿Quién enviará al reportero?
¿Quién aprobará el titular?
¿Quién decidirá que la denuncia merece portada y no un breve acápite perdido entre el horóscopo y los avisos?
¿Quién vigilará al nuevo vigilante?
LA REDACCIÓN CON CORREA
Nos dirán que el nuevo dueño respetará la independencia editorial.
Qué tranquilidad.
También podrían prometer que el Guasón administrará responsablemente la Batiseñal.
La independencia periodística no consiste en confiar en la bondad del propietario. Consiste en construir un sistema que funcione incluso cuando al propietario la verdad le resulte cara.
¿Dónde está ese sistema? ¿Confiado a una empresa que no puede controlar que sus propios empleados falsifiquen los datos de los test de control químico para que la empresa no pierda dinero? Qué tranquilidad.
¿Dónde está el estatuto público de independencia editorial? ¿El comité autónomo? ¿Las reglas de recusación? ¿La obligación de revelar los intereses del controlador? ¿La protección del periodista que investigue a Medifarma, Lincuna, sus socios, sus clientes o sus aliados?
No existe una sola respuesta. Lo he pedido públicamente a la gerencia y al directorio, como accionista, más de una vez y notarialmente. No es que hayan hecho un documento insulso para cumplir: la realidad es que no hay una sola palabra al respecto. La gerencia y el directorio avalan, promocionan y promueven activamente la venta del control de una empresa editorial, sin decir una palabra sobre cuál es la línea editorial del nuevo dueño. ¿Y nos quieren convencer de que es una decisión profesional, tomada para el mayor beneficio de los accionistas, y no un acuerdo privado de intereses a expensas del accionista y de la nación? ¿Alguna empresa editorial en el mundo cerraría la venta del 60 por ciento del accionariado sin decir una palabra sobre la línea editorial, el plan de negocios o la misión de la empresa?
Lo que sí existe son gastos en consultorías de compliance, cargados a los accionistas. Esa palabra aromática con la que se perfuman los directorios. Se contratan consultores. Se dibujan matrices. Se organizan talleres. Se cobran millones. Se proyectan diapositivas sobre conflictos de interés. Y cuando el conflicto de interés más grande de todos aparece por la puerta principal, saluda, toma asiento y pide las llaves de la redacción, ¿nadie levanta la mirada?
Quizá el formulario estaba en inglés.
El monopolio no es libertad de mercado. No es capitalismo. Es mercantilismo, y el mercantilismo nos empobrece y nos degrada como sociedad. La concentración del poder informativo no se vuelve plural porque conserve varios logotipos. Si los mismos intereses pueden condicionar lo que investigan El Comercio, Gestión, Trome, Correo, América Televisión, Canal N y ahora La República, no tenemos diversidad: tenemos distintas ventanas en la fachada de la misma casa.
EL GUASÓN NO TRABAJA SOLO
La República posee el 30% de Plural TV. El pacto de accionistas le concede una capacidad decisiva frente a un cambio de control. Dentro de la familia, esa conformidad ha recibido un nombre casi cómico: el “waiver”.
Según la información que recibí directamente durante el proceso, a quienes no tenían la venia del bloque dominante se les colocaba delante una puerta de US$30 millones obligándolo a adquirir la participación de La República en Plural TV, a fin de poder comprar El Comercio. Al comprador elegido, aparentemente, le bajaron la barrera de entrada a US$5 millones. Vaya usted a pedir libertad y competencia a otro lado.
Y cuando una medida cautelar detuvo la operación, La República descubrió de pronto una pasión editorial concentrada en el juez que la dictó. Investigarlo era legítimo. Lo indecente fue presentarse como espectador sin decirle al lector que Chicho Mohme tenía un interés económico y contractual directo en el resultado del partido. La República investigaba desde la tribuna mientras su propietario jugaba en la cancha. Eso no es disclosure. Eso es ponerse una máscara y denunciar que el árbitro usa antifaz. Agradezcamos que descubrirlo nos costó barato. Aún no se ha cerrado la transacción y ya Chicho Mohme nos muestra el tipo de periodismo y el fin para el cual se quieren estos medios. Avasallar, amedrentar a las autoridades molestas y moldear la opinión pública a sus intereses ocultos parecería ser el plan único y el único plan de negocios presente.
DEFENDIENDO UNAS TERMÓPILAS

“A veces son aquellos de quienes nadie espera nada, quienes terminan logrando lo que nadie esperaba” , Esta frase de la película sobre la vida de Alan Turin aplica como un guante a la situación de El Comercio.
En medio del silencio, Alois Miró Quesada, mi hermano menor, fue el único que se plantó en la arena, marcó él solo una línea en el piso y dijo: “No pasarán”.
No necesitó un doctorado en Filosofía, una cátedra de ética ni una condecoración ambiental. Nunca leyó a Rousseau, ni a Voltaire, ni a Montesquieu. No lo necesitó. Comprendió algo que todos los pergaminos juntos no pudieron explicarles a los demás: el control de un medio de comunicación no es un juguete corporativo. Es una responsabilidad pública, aunque la empresa sea privada.
Buscó incansablemente, activó todos los contactos posibles y no dejó piedra sin levantar para conseguir el capital que le permitiera mantener El Comercio como lo que siempre debió ser: un negocio que vive de hacer periodismo independiente.
Por eso esta no es solamente una pelea familiar. No es nostalgia por un apellido en declive ni el deseo hereditario de conservar un periódico.
Es la pregunta de si el país permitirá que su mayor poder mediático sea entregado a intereses que ese mismo poder debería fiscalizar.
Es la pregunta de si el dinero puede comprar, junto con las acciones, el derecho a decidir qué verdad se publica y qué verdad se entierra.
Es la pregunta de si los Miró Quesada fueron realmente los filósofos, juristas, racionalistas, ambientalistas y defensores del mercado que creían ser, o si todo era una escenografía familiar: héroes de cartón, estatuillas de barro, dioses que solo existían mientras nadie les pedía demostrarlo.
Batman no fue derrotado. Batman está firmando la entrega. Y la Batiseñal está encendida para que todo el Perú lo vea, Alois Miro Quesada la ha encendido. Que nadie diga mañana que no sabía. Que nadie diga que ocurrió en silencio.
“Honor a aquellos que en su vida
se dieron por tarea defender unas Termópilas.
Dios sabe que los necesitamos:
justos y rectos en sus acciones,
pero también con piedad y clemencia;
generosos cuando ricos y
también generosos, a su medida,
cuando pobres.
Y más honor aún les es debido
a quienes prevén (y muchos prevén)
que Efialtes, el traidor, aparecerá
y que finalmente los persas pasarán,
y aun con ese conocimiento, no se apartan del deber.”
(Traducción libre de Kavafis)



Comentarios