LA SOLUCIÓN AL PROBLEMA DE EL COMERCIO: LA VERDADERA LIBERTAD DE PRENSA (4 de 4)
- Racso Miro Quesada
- hace 2 días
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Actualizado: hace 3 horas

En la entrega anterior prometí una solución: una que dejara mejor a los Picasso, a los Miró Quesada que quieren vender, a los que no quieren vender, al lector y al país. Aquí está.
LA REALIDAD ECONÓMICA
La realidad sobre la venta de El Comercio es que el precio de los medios no es US$100 millones, como se ha repetido en la prensa.
Ni siquiera US$50 millones.
De los aproximadamente US$100 millones de valor que se viene presentando a la familia, cerca de US$50 millones corresponden a Pando: un activo inmobiliario cuyo valor existe independientemente de quién sea dueño de El Comercio. Según la estructura que se nos ha comunicado, esa venta ya está encaminada y su pago se produciría el próximo año.
Del resto, una porción muy importante corresponde también a inmuebles y otros activos separables de la operación periodística: Chiclayo, Arequipa, el edificio histórico de Lampa/Miró Quesada y el valor económico asociado a Pachacámac. Entre todos esos activos suman alrededor de US$25 millones más.
Dicho en castellano: una parte enorme de lo que la familia cree que está recibiendo por «vender El Comercio» no se la está pagando Picasso por los medios. Ya estaba allí. Era de los accionistas antes de que apareciera Picasso y seguirá teniendo valor aunque mañana desaparezca la última rotativa.
Cuando uno separa los ladrillos del periodismo, la valorización implícita que queda para América TV, Canal N, El Comercio, Trome, Gestión, Correo, Depor y Ojo resulta extraordinariamente baja. Alrededor de US$25 millones.
Y para adquirir el control tampoco se compra el 100 %: se compra aproximadamente el 60 %. O sea: el pago real que está haciendo Picasso por la gran mayoría de los medios de comunicación escrita y televisiva del Perú es de apenas US$15 millones. Ese es el verdadero riesgo que Picasso está asumiendo al comprar los medios. Algo que seguramente podrá recuperar en un año con una buena administración.
Es decir, el monto económico que realmente compra el control de una institución construida durante 187 años es mucho menor de lo que el gran número de «US$100 millones» hace imaginar.
Eso deja tres cosas bastante claras.
1. EL MIEDO A «VENDE AHORA O LO PIERDES TODO» ES ENGAÑOSO, COMO HA SIDO BÁSICAMENTE TODO EN ESTE PROCESO
Se ha difundido entre accionistas minoritarios la idea de que, si no venden ahora, el precio seguirá cayendo y acabarán perdiendo su dinero.
Pero la mayor parte del valor que se está repartiendo no depende del EBITDA de los diarios. Está en tierra, inmuebles y activos que pueden venderse por separado. Su precio puede subir o bajar, como cualquier activo, pero no desaparece porque mañana El Comercio venda menos ejemplares.
Eso cambia radicalmente la discusión.
Si aproximadamente tres cuartas partes —o más—del valor económico que hoy se pretende monetizar está en activos distintos de los medios, entonces el argumento de urgencia pierde gran parte de su fuerza.
Dicho de otro modo: aunque el negocio de medios valiera cero mañana, alrededor de tres cuartas partes de la valorización actual seguiría intacta, porque está en tierra y en ladrillos.
No estamos escogiendo entre «vender hoy por cien» o «mañana no tener nada».
Estamos escogiendo cuánto recibir por activos que ya valen decenas de millones y, por separado, cuánto estamos dispuestos a cobrar por entregar el control de los medios.
Y cuando se hace esa cuenta, entregar el prestigio, las cabeceras, la audiencia y el trabajo acumulado por nuestros antepasados a una organización seriamente cuestionada, por la fracción residual del precio, resulta bastante más anodino de lo que parecía cuando todo estaba empaquetado bajo una cifra grande. Y hay algo más: esa organización tendría un control absoluto de los medios que no existe desde el 30 de octubre de 1930, el día en que murió José Antonio Miró Quesada, el patriarca que adquirió el diario y consolidó a la familia al frente de El Comercio. Desde entonces, durante casi un siglo, el poder ha estado siempre repartido entre sus descendientes. Lo que hoy se pretende no es solo vender: es reconcentrar en una sola mano lo que ni la propia familia concentró en noventa y seis años.
2. LA PRENSA ESTÁ SIENDO VALORIZADA COMO SI TUVIERA VALOR NEGATIVO
Hay una segunda paradoja todavía más extraña.
Si se toma la valorización que se ha manejado para la participación de El Comercio en Plural TV —la vaca gorda de la empresa: América TV y Canal N— y se la compara con el valor residual que la operación parece asignar al conjunto de medios, el resultado implícito para la prensa puede llegar a ser negativo.
Es decir: bajo esa lógica, El Comercio, Gestión, Trome, Correo, Ojo y Depor no solamente no valdrían nada. Estarían restando valor. Serían una carga.
Entiendo, por lo que me dicen los otros postores y los encargados del proceso, que Mohme tasó, América TV y Canal N en US$100 millones, y su participación de 30 % en US$30 millones. Ese fue el precio que puso para quienes quisieran comprar El Comercio y luego se vieran en la obligación —por la cláusula convenida en Plural TV para el caso de cambio de control— de comprarle a él su parte. Es decir: la participación de El Comercio, del 70 % de Plural TV, valdría US$70 millones según Mohme. Esta valorización, entiendo, se hizo contratando una tasación basada en sus ingresos y utilidades.
La matemática es muy sencilla. Si Picasso está valorizando en US$25 millones todos los medios de comunicación —prensa y televisión— y solo la televisión vale US$70 millones (digamos US$60, descontando el valor del estudio de televisión de Pachacámac), eso significa que, implícitamente, la valorización que está haciendo Picasso de los periódicos es de menos US$35 millones, o sea 35 millones en negativo.
No es extraño en el mundo empresarial que un activo tenga una valorización negativa: significa que es más caro ser dueño del activo que no serlo. Normalmente esto se debe a varias cosas: grandes cargas laborales que implican costos futuros de indemnización, deudas, pérdidas contables anuales y la falta de un pronóstico o una expectativa de mejora.
Pero los propios números operativos cuentan otra historia.
Los diarios se dividen, gruesamente, en dos grupos.
Los de gran circulación y menor costo periodístico, como Trome, Ojo y Correo, que pueden producir utilidades y de hecho las producen, son un buen negocio.
Y los de mayor costo editorial y menor circulación, como El Comercio y Gestión, que cargan con una inversión periodística mucho mayor y pueden producir pérdidas.
Mi Oferta A valorizaba precisamente los diarios deficitarios —El Comercio y Gestión— y ofrecía comprarlos por US$10 millones, mas 5 millones por el edificio histórico del centro de Lima, dejando en manos de la familia los medios populares rentables, así como el negocio de impresión que hoy imprime los diarios del grupo y muchos de los de la competencia.
Por eso resulta todavía más difícil explicar que esa propuesta no fuera discutida con todos los accionistas y que el proceso se cerrara antes de recibir y mucho menos estudiar, todos los sobres, mientras el flujo de información estaba administrado por personas respecto de las cuales hemos venido señalando conflictos de interés.
No digo que mi oferta tenía que ganar.
Digo algo mucho más sencillo:
tenía que ser conocida y comparada.
3. EL PROBLEMA NO ES QUE NO EXISTAN COMPRADORES. ES CÓMO SE LOS BUSCÓ
Los montos reales en juego por cada medio, una vez separados los inmuebles y demás activos, no son siderales. Por el contrario: son bajísimos. Solo El Comercio produce US$10 millones anuales en publicidad no vendida en su website. Cualquier empresa mediana con negocios de consumo masivo puede comprarlo y aprovechar inmediatamente para sí misma esa publicidad no vendida.
Resulta poco plausible pensar que en un país de 34 millones de personas, con grandes universidades, gremios empresariales, empresarios regionales, fondos, fundaciones y ciudadanos interesados en la vida pública, sea imposible encontrar varios compradores razonables para activos periodísticos individuales.
Lo que sí es difícil es encontrar a alguien dispuesto a comprar de golpe una concentración gigantesca de prensa y televisión, someterse voluntariamente al escrutinio público que eso genera y cargar además con todos los conflictos políticos y reputacionales que vienen incluidos en el paquete.
Tal vez Santander no descubrió que «nadie quiere los medios».
Tal vez ofreció el producto equivocado.
LA SOLUCIÓN PARA CADA UNO
¿Cuál sería entonces una solución que beneficie de verdad a todos los interesados?
Para los Miró Quesada Garland, una que permita vender a quienes quieran salir, maximice el valor de sus activos, preserve el legado de sus antepasados y no los deje mañana explicándole a un fiscal, a un regulador o al país por qué aceptaron dinero cuyo origen o estructura no investigaron suficientemente.
Para el lector, una que aumente —no reduzca— la pluralidad de opiniones. La civilización nace del intercambio de ideas. Mientras más divergencia, más contradicción y más puntos de vista entren al debate, mejor funciona una sociedad.
Gestión bajo Manuel Romero Caro tenía una característica que recuerdo bien: sobre un mismo asunto podían convivir tres opiniones diferentes. Eso obliga al lector a pensar.
Cuando todos los medios terminan administrados bajo una sola estructura, la eficiencia económica puede crecer, pero la diversidad intelectual tiende a encogerse. Se comparten periodistas, se centralizan mesas, se unifican criterios y la multiplicidad termina convertida en economía de escala.
Para el país, la solución debe garantizar algo que hoy llamamos libertad de expresión pero que demasiadas veces significa apenas la libertad de opinión de apenas una docena de directores de medios.
UN ACÁPITE SOBRE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN
Un conglomerado que defiende todos los días la libertad de expresión pero se niega a publicar, aun como aviso pagado, una comunicación crítica contra sí mismo, tiene un pequeño problema conceptual.
Predica una libertad para los demás que no está dispuesto a practicar consigo mismo.
La Corte Suprema de Estados Unidos explicó de manera memorable el principio en Hustler Magazine, Inc. v. Falwell, 485 U.S. 46 (1988): incluso una expresión deliberadamente ofensiva contra una figura pública puede quedar constitucionalmente protegida; el agravio emocional no puede convertirse en un atajo para silenciar expresión protegida.
Esa lógica debería formar parte del ADN institucional del nuevo El Comercio.
Yo incorporaría en el estatuto de cada medio una garantía sencilla: todo comunicado pagado que no contenga afirmaciones ilícitas o demostrablemente falsas debe poder publicarse, incluso cuando critique al propio periódico, a sus accionistas o a su directorio.
La libertad de prensa que solo protege al dueño no es libertad de prensa.
Es propiedad de imprenta.
Y para los Picasso Candamo también hay una solución mejor.
Si tienen un problema de imagen, la forma correcta de resolverlo no es comprar el espejo.
Es cambiar lo que refleja.
Desde hace miles de años los seres humanos entendemos esa idea. En el juicio de Osiris, el corazón se pesa frente a la pluma de Maat. No se pesan comunicados de prensa. No se pesa el clipping. Se pesan las obras.
Si los Picasso quieren ser recordados con gratitud, que hagan cosas por las que el país quiera recordarlos con gratitud.
Que construyan un parque temático extraordinario como hicieron los cafeteros colombianos con el Parque del Café. Que creen una universidad de primer nivel, como los Hochschild hicieron con la UTEC. Que financien becas para jóvenes empresarios de Huaraz y Áncash. Que conviertan una cuenca minera en ejemplo mundial de recuperación ambiental. Que financien salud, ciencia o educación.
Si les faltan ideas, con muchísimo gusto les damos cien. El cariño del Perú no es imposible de conseguir. Pero a Osiris no se lo huevea tan fácilmente con portadas.
PRIMERO HAY QUE LIMPIAR LA MESA
Antes de vender nada, El Comercio tiene que resolver los problemas que ya creó el proceso.
Tiene que resolver la controversia con Alois Miró Quesada y Artur Silva/Zest Capital respecto de su oferta y del derecho de preferencia que invocan. Y tiene que explicar por qué un waiver de Mohme —un documento que solo un tercero puede conceder— pretende convertirse en condición para que un accionista pueda ejercer un derecho estatutario dentro de la propia empresa.
Y debe resolver el problema que tiene conmigo. Yo gasté una cantidad considerable de dinero participando en un proceso de Santander en el que se nos prohibía conversar directamente con los accionistas, se nos exigía due diligence, prueba de fondos, abogados y ofertas vinculantes, y que terminó con una decisión adoptada antes de la fecha que el propio banco había establecido para recibir los sobres. Mis ofertas, además, no fueron presentadas a todos los propietarios para que ellos las evaluaran. Ese problema no desaparece fingiendo que nunca ocurrió.
Se resuelve.
Y después de limpiar la mesa, viene la solución económica.
DIVIDAN LOS MEDIOS
La mejor opción para maximizar el valor de quienes quieren vender y, al mismo tiempo, reducir el daño al país es exactamente la contraria de lo que se está intentando hacer:
dividir los medios.
Venderlos por separado puede transformar activos que hoy aparecen como un cargo negativo dentro de un paquete en activos con compradores naturales y valor positivo propio.
Gestión, por ejemplo, podría ser adquirido por una estructura plural formada por gremios empresariales —Sociedad Nacional de Industrias, CONFIEP, ADEX, Cámara de Comercio u otros— bajo una gobernanza que impida que uno solo controle la línea editorial.
Sería bastante saludable que los empresarios peruanos pudieran explicar públicamente qué necesitan para producir más, y que al mismo tiempo otros empresarios, economistas, trabajadores y académicos pudieran contradecirlos en las mismas páginas.
Trome tiene otra audiencia, otra economía y otra misión. Puede tener compradores completamente distintos. Una universidad, por ejemplo, podría comprarlo y convertirlo en el laboratorio de comunicación popular más grande del país.
Correo tiene una implantación regional que puede interesar a grupos con actividades y vocación en provincias.
Hasta los Picasso podrían comprar un medio.
Lo que considero socialmente peligroso y un problema de salud pública es que compren todos.
¿POR QUÉ NADIE QUISO COMPRAR EL TODO Y TERMINARON CON EL PEOR COMPRADOR POSIBLE?

La concentración completa es tóxica para casi cualquier comprador responsable.
La concentración de medios que El Comercio detenta es, en sí misma, una aberración: no debería existir en una sociedad democrática. Elimina la pluralidad de opiniones y no genera sinergia alguna; por el contrario, complica la administración. Tratar de pasarle ese engendro a otro, entero y con el poder absoluta que trae el contar con 51%, es una aberración al cuadrado. Por eso ningún empresario serio y consciente lo quiere.
Comprar simultáneamente una gran porción de la prensa nacional y el poder asociado a la mayor audiencia televisiva coloca inmediatamente al empresario bajo una lupa gigantesca.
Cada sanción de su empresa se vuelve noticia.
Cada contrato con el Estado, sospechoso.
Cada decisión editorial, un conflicto.
Cada llamada al director, una interrogante.
No me sorprende que empresarios razonables prefieran no entrar.
Dividir los medios resuelve buena parte de ese problema.
Invoco por eso a la empresa privada peruana a participar en elevar el nivel de la prensa.
No como mecanismo de propaganda de sus empresas.
Como inversión en la infraestructura intelectual del país.
El Perú necesita orientación y necesita debate si pretende desarrollarse.
No podemos dedicar semanas enteras al reloj de Dina Boluarte mientras el Estado entierra más de US$6,000 millones en una refinería que nunca acaba y cuya rentabilidad nadie ha podido demostrarle al ciudadano, y compromete miles de millones más en proyectos cuya productividad casi nadie explica de manera comprensible.
La productividad de la inversión pública debería ser una discusión cotidiana.
Los empresarios con los que he conversado suelen cometer un error: creen que participar en la calidad del debate nacional no pertenece a su modelo de negocio.
Claro que pertenece.
Sus utilidades son un porcentaje de una economía.
Si el país asigna mal el capital, crece menos.
Si crece menos, sus mercados crecen menos.
Si el Estado destruye productividad, también destruye clientes futuros.
El debate público no es filantropía.
Es infraestructura económica.
LA OTRA SOLUCIÓN: LA BOLSA
Y existe una solución todavía más evidente.
Tan evidente que quizá haya que explicarla con frijolitos sobre un tablero para que la familia la entienda, luego de décadas de desinformación y manipulación interna.
Cuando a uno le roban y necesita un policía, ¿adónde va?
A la comisaría.
¿Por qué?
Porque allí están los policías esperando problemas que resolver.
Cuando uno está enfermo, ¿adónde va?
Al hospital.
Porque allí están los médicos.
Entonces, cuando uno quiere vender acciones de una empresa, ¿adónde debería ir?
A la Bolsa.
La Bolsa existe precisamente para juntar, en un mismo mercado, a quienes quieren vender con quienes quieren comprar. Sin bancos intermediarios, sin abogados con conflicto de interés, sin tener que confiar en que las propuestas de venta llegaron a todos, sin tener que confiar en que las ofertas de compra fueron comunicadas o estudiadas con neutralidad. Para eso, justamente para eso, se inventó la bolsa de valores. No usarla es querer desentornillar un tornillo con un cortaúñas habiendo un desarmador a la mano, creado exactamente para eso.
El Comercio ya es un emisor del mercado de valores y tiene acciones de inversión negociables. Abrir la negociación de acciones comunes con derecho a voto requiere un trabajo societario mínimo comparado con el que se exigiría a una empresa que parte de cero.
Se estructura.
Se registra.
Se informa.
Y después cada accionista decide.
El que quiere vender hoy, vende hoy.
El que quiere esperar, espera.
El que quiere comprar más, compra más.
El precio deja de ser lo que un asesor dice que vale la empresa y empieza a ser lo que compradores y vendedores están dispuestos a pagar públicamente. La verdad, la realidad, el mercado.
Sin obligar a ciento cincuenta familiares a tener la misma necesidad de liquidez el mismo día. Sin un solo postor. Sin una sola puerta de entrada. Y, sobre todo, con información visible para el mercado.
Los Miró Quesada podrían monetizar primero unos US$75 millones en activos inmobiliarios —Pando incluido— sin entregar el control editorial.
Después quedaría la pregunta que de verdad importa:
¿cuánto vale la libertad de los medios?
Si el monto residual que se pretende recibir por ellos ronda los US$20 millones, estamos hablando de una cifra que el empresariado peruano, las fundaciones, las universidades o incluso los ciudadanos podrían perfectamente reunir si entendieran lo que están comprando. Y para explicárselo, da la casualidad de que tenemos un conglomerado de medios de comunicación.
Veinte millones de peruanos poniendo un dólar cada uno producen veinte millones de dólares.
Un dólar. Por persona.
¿Es mucho por impedir que una sola familia, con un solo príncipe heredero —que contamina nuestros ríos, manipula ilícitamente el precio de nuestras medicinas y nos vende el suero de la muerte—, pueda comprar la capacidad de organizar buena parte de lo que el país ve, lee y discute?
EL DINERO NO MANDA EL MUNDO
Los empresarios peruanos entrevistados cuando buscamos capital para esta operación suelen creer que el dinero es lo que rige el mundo y que, por tanto, su dinero los protege y no necesitan comprarse más problemas que los que ya tienen.
Están equivocados.
El dinero compra edificios.
Compra máquinas.
Pero no es lo que finalmente decide qué puede hacer una sociedad y qué no.
Eso lo decide el discurso.
Mao no movilizó a cientos de millones de personas para perseguir y matar a aproximadamente dos millones de profesores y personas instruidas porque les pagara por obedecerlo. Lo que hizo fue construir un discurso.
Pol Pot no persiguió a profesores, profesionales y personas educadas porque hubiera comprado individualmente colaboración. Construyó un discurso que convirtió a esas personas en enemigos.
Stalin no colectivizó por la fuerza la agricultura ucraniana hasta destruirla porque cada campesino hubiera recibido un cheque. Existía un discurso que legitimaba la coerción.
Y el nazismo no llevó a millones de seres humanos a campos de concentración porque Alemania tuviera dinero de sobra para comprar el silencio de la población. Primero construyó, durante años, un discurso que convirtió a esos ciudadanos en enemigos.
El dinero es poder.
Pero antes del dinero está la historia que una sociedad se cuenta sobre quién merece tenerlo, quién merece conservarlo y quién puede quitárselo.
Por eso el empresario que cree que los medios no tienen nada que ver con su negocio no ha entendido qué protege realmente su negocio.
No es solamente la escritura pública. No es solamente la cuenta bancaria. No es solamente el ejército de abogados.
Es la legitimidad social del sistema que reconoce su propiedad.
Y esa legitimidad vive dentro del discurso.
El discurso es lo que realmente gobierna el mundo.
Y el discurso es voluble.
Por eso, si de verdad queremos cerrar esta historia bien, no necesitamos encontrar a un nuevo dueño suficientemente bueno para entregarle todo.
Necesitamos construir una estructura en la que nadie vuelva a necesitar que el dueño sea bueno.
Esa es, finalmente, la verdadera libertad de prensa. Eso es liberar la conciencia peruana de ataduras.
Fin de la serie: «Batman entrega a Batichica al Guasón encadenada» (1 de 4), «Manual para destruir un imperio» (2 de 4), «¿Por qué es que no están presos?» (3 de 4) y «Solucion: La verdadera libertad de prensa» (4 de 4) — prensaysuciedad.com
P. D.
Cuando terminaba de escribir este texto me entero de que La República logró su cometido: el juez que otorgó la medida cautelar —la que ordenaba esperar a que un tribunal decida sobre el derecho de preferencia de los accionistas frente a terceros dentro de El Comercio— fue suspendido del cargo.
Tres portadas seguidas, sin comunicarles jamás a los lectores que el dueño del medio tiene un interés económico directo en el resultado —el 30 % de Plural TV, el activo más valioso en disputa—, bastaron para sacarlo.
Oficialmente, claro, la suspensión no tuvo que ver ni con la cautelar ni con las portadas: según ha trascendido, se lo retiró «porque se llevaba el trabajo a casa en un USB». Un juez suspendido por trabajar horas extras.
Nos gustaría saber qué funcionarios judiciales atendieron con semejante prontitud los reclamos de La República. Sus nombres también son parte de esta historia.
Finalmente ya sabemos cuánto vale un juez: tres portadas. ¿Cuánto vale un alfil? ¿Cuánto una torre?
En la entrega anterior pregunté si tres titulares seguidos contra un juez que incomoda al dueño de un medio —con cero mención del interés del dueño en la materia en disputa— constituyen libertad de expresión protegida o delito de extorsión e interferencia en el Poder Judicial. La pregunta dejó de ser teórica: el resultado que un extorsionador habría buscado se produjo, puntualmente, en el mundo real. Que la Fiscalía y el órgano de control de la magistratura nos expliquen la diferencia.
El debate jurídico aquí no radica en la supuesta celeridad del suspendido juez Varillas al emitir una medida cautelar en apenas tres días, relegando la tramitación de otros noventa y nueve expedientes. Dogmática y procesalmente, dicha urgencia tuitiva está revestida de absoluta legitimidad. La doctrina cautelar exige actuar frente al periculum in mora (peligro en la demora), y la gravedad de la amenaza justificaba plenamente alterar la carga procesal: estaba en juego el secuestro fáctico y el control absoluto del principal aparato mediático del país.
Permitir que un grupo de poder consolide esta usurpación corporativa mediante un burdo subterfugio societario —una leguleyada estructurada sobre la interpretación fraudulenta de un waiver en una compañía subsidiaria— habría significado entregarles el arma homicida. Era evidente que utilizarían esa plataforma para coaccionar y extorsionar mediante reportajes a los operadores de justicia, blindando su control espurio mientras se dilucida la controversia de fondo. No estamos ante un escenario hipotético; esta es exactamente la praxis extorsiva que el diario La República ha exhibido de manera impúdica en este mismo caso, a la vista y paciencia de toda la nación.
La interrogante de fondo, la que desnuda la podredumbre y el doble estándar de nuestro sistema, es la asquerosa celeridad selectiva de las autoridades de control disciplinario. Frente a cientos de miles de denuncias presentadas por ciudadanos agraviados, estos órganos se escudan en la "carga procesal" y demoran hasta una década para subsanar aberraciones jurídicas. Sin embargo, cuando el diario La República levanta el dedo y exige rodar una cabeza que le resulta incómoda procesalmente, el orden de prelación desaparece. Para La República, y exclusivamente para La República, el aparato judicial se moviliza en el acto, exhibiendo una obsecuencia disciplinaria que repugna al Estado de Derecho. Eso no es justicia; es sicariato institucional a la carta.
Y hay un problema más grave todavía: la capacidad de los dueños de medios poco responsables de fabricar noticias que luego el sistema de justicia recoge como indicios. La noticia entra recortada al expediente, y la noticia se convierte en el indicio que justifica la investigación fiscal, el proceso sancionador o la decisión punitiva. Es una aberración que nada tiene que ver con la justicia y que debe acabar, porque le da un poder descomunal al dueño del medio: el poder de crear una narrativa cuya verdad es validada por el hecho de que salió publicada.



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