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EPÍLOGO SOBRE LA VENTA DE EL COMERCIO


Hemos presentado el problema, sus posibles consecuencias y la solución. Pero el nivel de coerción intelectual y familiar es de tal magnitud que dudo que la familia reaccione a tiempo para evitar el desastre.


Para que se den una idea: la versión que circula dentro de la familia es que el suero fisiológico de Medifarma fue saboteado. Sin ninguna evidencia, por supuesto, y en contradicción directa con todo lo que las autoridades encontraron dentro del laboratorio — hallazgos que, en esta familia de periodistas, nadie se ha tomado el trabajo de leer cuando de recibir un pronto pago se trata. Pero no queda ahí. ¿Saboteado por quién? Agárrense: nada menos que por César Acuña. Sí, Acuña, el de «siete por ocho». El mismo cuyo partido puso a la directora de la Digemid y aprobó la ley de medicamentos genéricos que favorece a Medifarma. Es decir: según esta teoría, el hombre saboteó al laboratorio al que su propia gente le allanaba el camino. Esa es la versión que circula en la familia: que Picasso es un santo y que el laboratorio se lo saboteó César Acuña, presumiblemente contratando al elenco de Misión Imposible para la operación. Ese es el nivel con el que tengo que lidiar todos los días. ¿Se dan cuenta?


Por otro lado, La República, aliada de Picasso, lanza tres portadas contra el juez —no contra su resolución, que nadie ha cuestionado jurídicamente, sino contra su pasado— y recibe justicia exprés en cuestión de una semana. La misma justicia que a los demás ciudadanos nos toma diez años obtener.


Vemos una organización que abarca desde la minería hasta la industria alimentaria y la medicina, que acumula no solo cuestionamientos sino resoluciones finales, y cuyo historial muestra escaso respeto por la vida: prácticas agresivas que priorizan las utilidades sobre la salud de la población y una predilección por hacer plata pasándoles los costos de la operación a los vecinos.


Señores: pasarle los costos al vecino no es capitalismo. Cuando nos preguntamos por qué la mitad de los peruanos está dispuesta a llevar al poder a la izquierda radical, la respuesta la tienen acá, ante sus ojos. El capitalismo y la libertad de empresa, en el Perú, no existen realmente.


Pasarle tus costos al campesino para no limpiar tus efluentes no es capitalismo: es crimen. Y lograr que las autoridades se hagan de la vista gorda y que la prensa no informe no es la «libertad de elegir» de la que hablaba Milton Friedman. Es la libertad de oprimir.


Lo mismo ocurre con los carteles farmacéuticos que eliminan la competencia. Eso no es libertad de mercado para las pequeñas farmacias y los laboratorios que quiebran: es poder discriminador sin control del Estado. Los carteles no son capitalismo. El capitalismo solo funciona si las reglas son justas y transparentes para todos; y si no lo son, la izquierda radical que quiere dinamitar el sistema termina siendo la única opción.


No es excusa decir que sin la minería el país estaría quebrado. Eso es muy fácil decirlo cuando no son tus hijos los que tienen arsénico en la sangre. En ningún país desarrollado se le permite a la minería contaminar a la población. Y si tu mina no puede ser rentable sin contaminar, tal vez no debería operar.


La inconsciencia de El Comercio y de su plana directiva sobre estos principios básicos del libre mercado —que ellos mismos, en teoría, defienden— es aterradora y alarmante.


¿Con qué dinero se pretende tomar por asalto el directorio de El Comercio? ¿Con los capitales impolutos del éxito empresarial, o con la rentabilidad manchada de metales pesados tras reventar relaveras en las cuencas de Áncash? Cuando Minera Lincuna envenenaba los ríos, El Comercio calló o susurró en páginas interiores para no incomodar a los amos del capital. No pidieron prisión preventiva por ecocidio, no clamaron por incautaciones, no armaron el circo romano al que nos tienen acostumbrados. Y hoy esos mismos capitales, cuestionados por crímenes ambientales y sancionados por el OEFA, intentan comprar el silencio y la línea editorial del conglomerado de prensa más grande del país.


La Fiscalía del Perú quiere que nos compremos una historia ridícula, como si nos chupáramos el dedo. Las autoridades ya han sancionado: Indecopi a ejecutivos y empresas por el cartel, los reguladores sanitarios por el suero y el ahorro en sistemas de control, y el OEFA por los relaves vertidos al río sin tratamiento. Pero la Fiscalía quiere que creamos que Francisco Picasso Candamo es el empresario más distraído del país. Nunca se entera de nada.


A Alberto Fujimori no le encontraron ninguna orden escrita para condenarlo por Barrios Altos y La Cantuta: lo condenaron por autoría mediata, por tener el dominio de un aparato organizado de poder. Ahí la teoría jurídica supo llegar hasta la cúspide sin necesidad de papeles.


Según lo que la Fiscalía nos quiere hacer creer, los Picasso integran el directorio de una empresa que durante catorce años se reúne en hoteles con los otros laboratorios, fija precios, se reparte licitaciones y guarda la información en archivos ya descubiertos, pero el directorio nunca se enteró de nada. Habrá que suponer que antes de entrar a cada sesión los abogados reparten serpentina y pica pica. Y que cuando los gerentes explican cómo las utilidades están aumentando gracias al cartel, los abogados sueltan la pica pica y le dicen: «Paquito, mira, mira: serpentina». Y Paquito dice: «¡Abuuu! ¡Aaaa! ¡Bravo, bravo, qué lindo!». Y no se entera de nada. No escucha nada. Cuando los gerentes hablan de ahorrarse el costo del tratamiento vertiendo los relaves sin tratar al río, siempre hay un abogado presto que le hace cosquillas en la oreja. Y así, según la Fiscalía peruana, Francisco Picasso Candamo resulta ser el empresario más distraído del Perú: no sabe nada de lo que ocurre en sus empresas y no tiene ningún proceso penal por lo que sus empresas hacen. Lo curioso es que una persona tan distraída… quiera ahora redactarnos todos los titulares, todos los días.


Da gusto que el Perú tenga una Fiscalía tan naif y tan inocente. Para algunos. Qué pena que, para otros, la más mínima sospecha signifique veinte años de investigación, muerte en vida y prisión preventiva. Una pena que no todos tengamos esos abogados que nos alejan de todo mal distrayéndonos con pica pica.

 
 
 

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